Rosa Ana Londero
Grupo Roggio

Rosa Ana Londero

Nací el 31 de julio de 1883 en Gemona, Provincia del Friuli, Italia y al igual que muchas familias italianas, cuando viajamos a Argentina nos asentamos en Colonia Caroya, Córdoba. Argentina era un destino para muchas familias italianas, españolas, y de Europa en general. Ofrecía oportunidades y era muy generosa con los inmigrantes. Había que trabajar mucho, pero estábamos acostumbrados.

En Colonia Caroya conocí a Benito y el 15 de octubre de 1904 nos casamos en el Registro Civil de Jesús María. El matrimonio religioso tuvo que quedar pendiente, porque Benito y mi hermano Antonio fueron llamados a trabajar en el ferrocarril a Catamarca, la Argentina se estaba haciendo, y esas oportunidades de trabajo eran importantes. Tuvimos que esperar a su regreso, y recién, luego de 7 meses, pudimos casarnos por iglesia en la Parroquia de Nuestra Señora de Monserrat de Colonia Caroya.

Tuvimos cinco hijos: Marcelo Héctor (1906), Emma Inés (1907), Oscar (1908), Dino (1910) y Vito Remo (1913). Nuestro matrimonio fue muy unido, siempre nos preocupamos especialmente por la educación de nuestros hijos, acompañando en sus estudios y alentándolos para que perseverasen en los mismos. Además, Benito , siendo un hombre bueno, austero, de vida sencilla, les inculcó desde la infancia el amor al trabajo, crecieron en ese ambiente laborioso.

Cuando fueron creciendo, les enseñó en forma práctica las técnicas constructivas, los secretos de su trabajo, ¡y probaban todo el tiempo sus habilidades para las distintas tareas!

Siempre me consideré una mujer trabajadora y esmerada en la atención de mi familia y el hogar, bondadosa, de carácter firme y disciplinada. Además de las tareas del hogar y el cuidado de la familia en algunas oportunidades colaboraba en la empresa, dibujando los planos de las casas que hacía Benito. Tenía pocas relaciones, sólo los parientes inmediatos a quienes en muchos casos ayudaba silenciosamente.

Cuando el trabajo lo permitía, nos gustaba ir al Teatro Rivera Indarte para escuchar con deleite óperas italianas, que eran muy populares por aquellos años. Una buena manera de recordar a nuestros mayores, y también un lugar de encuentro con amigos nuevos que se mezclaban en esa sociedad en pleno crecimiento.

Roggio 115 años

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