
Benito Roggio
Retomo mi historia, ahora que varios se están animando a contar la suya, es la historia de mi primer trabajo en construcción en Argentina, lo que sería el comienzo de la historia de la empresa.
En ese primer trabajo, el constructor apreció mi capacidad de aprendizaje y contracción al trabajo y me nombró capataz de la obra. Poco tiempo después, ese constructor dejó la obra y el propietario del inmueble, el Sr. Álvarez, me solicitó que la concluyera yo, y así lo hice. Fue importante para mí ese tiempo con el Sr. Álvarez, con él aprendí aritmética anotando y observando los cálculos y liquidaciones que él hacía.
Ahora es el año 1908, y es el año en el que tuve, por primera vez, una obra a mi cargo, siendo ese el año fundacional de esta gran empresa. El primer trabajo independiente que realicé fue la refacción del Seminario de Nuestra Señora de Loreto en 1908, al que siguieron otros, encargados por instituciones religiosas. Al mismo tiempo, construí en Alta Córdoba diez viviendas particulares para alquilar y, de ese modo, asegurar una renta para mi familia dado que mi salud no era buena, me aquejaba una úlcera.
En 1916 establecí una quinta en las afueras de la ciudad, en Los Boulevares, que producía frutos que, además de consumir la familia, los vendíamos en el mercado de la ciudad. Mis jóvenes hijos participaban de esa tarea: todos se levantaban a la madrugada para cargar el sulky y estar en la ciudad a las siete de la mañana para venderle a los puesteros y luego volver s trabajar.
En ese periodo, construimos alrededor de 28 viviendas e intervenimos en arreglos de otros edificios como la Cárcel Correccional de Mujeres en 1910 y en la iglesia Catedral en 1919.
En general teníamos varias obras por año y ganamos pronta fama entre los cordobeses. Esa valiosa experiencia, me permitió obtener, a la edad de 42 años, el título de “Constructor de Primera Categoría en Arquitectura, Puentes y Caminos”, otorgado por el Consejo de Ingeniería de la Provincia de Córdoba.
En mayo de 1927, junto con mi hijo mayor, formamos la sociedad Benito Roggio e Hijo, nos entendíamos y complementábamos mutuamente en el diario quehacer. Por entonces, Marcelo Héctor, de 21 años, estudiaba Arquitectura y fue el segundo egresado de la escuela que dependía de la Universidad Nacional de Córdoba.
A partir de ese año se incrementaron los trabajos; la lista incluye tanto residencias como obras encargadas por instituciones públicas. El resto de mis hijos se fueron sumando al trabajo conforme iban creciendo. Así, el 10 de diciembre de 1934 finalmente se formó una sociedad comercial colectiva junto a mis hijos para continuar los negocios de “Empresa Constructora de obras públicas o privadas, afirmado, caminos y cualquiera de las del ramo” según establecimos en el estatuto.
Los años que siguieron fueron de rápido crecimiento. El fenómeno del turismo en las sierras cordobesas impulsó la instalación de colonias de vacaciones y el desarrollo de loteos. El crecimiento de nuestra provincia en esos años nos impulsó a seguir creciendo.
Fundar una empresa y que la familia la abrace, continúe y haga crecer es un logro, pero todo tiene una base, la que construimos con mi esposa Rosa Ana Londero. Ese será otro capítulo de esta historia en primera persona.